La elevada prevalencia del
dolor en la población anciana, junto con las consecuencias deletéreas del
infratratamiento del dolor producen, a un elevado costo, no sólo económico,
sino en lo personal, social y familiar. Los ancianos sufren una mayor incidencia
de patologías dolorosas, por lo que se deben establecer estrategias de
tratamiento adecuadas para su evaluación y manejo. Los ingresos hospitalarios
de pacientes mayores de 65 años son tres veces más frecuentes que los ingresos
de pacientes más jóvenes.
Las personas mayores a menudo
son excluidas de los ensayos sobre la evaluación y el tratamiento del dolor
debido a deficiencias cognitivas o sensoriales. Los profesionales tienden a
subestimar las necesidades de dolor, por lo que se infra prescribe y se infra
trata el dolor en los pacientes ancianos. El primer paso en el manejo del dolor
es a través de su evaluación; aunque el dolor es una experiencia subjetiva. Las
personas mayores muestran algunas diferencias al describir su dolor que puede
ser atribuible a una serie de factores como la biología, la cultura, la
religión, el origen étnico, el deterioro cognitivo, la organización o el
contexto social.
Las barreras de actitud
también son relevantes debido a que todavía se cree que las personas mayores
experimentan menos dolor que los otros grupos de edad. No es sorprendente que
las personas mayores crean que el dolor es algo que hay que soportar y que es
una parte inevitable del envejecimiento. El tratamiento eficaz del dolor es de
suma importancia debido al aumento de la morbilidad y la mortalidad asociadas
con el infra tratamiento del dolor.
No todos los cambios
fisiológicos que se producen con la edad pueden ser considerados como
patológicos, puesto que suelen ser compensados para realizar una vida normal, sin
embargo, en determinadas situaciones, sí que pueden ser deletéreos.

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