A
quienes ya somos viejos, y aún no hemos perdido del todo la cabeza ni las
ilusiones, nos toca pensar a fondo la vejez. Eso significa no quedarnos en sus
estereotipos o engañifas habituales, como tampoco en los parciales enfoques
sociológicos, económicos o de autoayuda acostumbrados. Más todavía, tras
examinar los rasgos de esta edad postrera, habremos de atrevernos a mirar de
frente a lo que inmediata y definitivamente la sigue: la muerte. ¿Acaso no le
tengo miedo? Imagino que como cualquiera. Pero uno supone que, antes de ser
despojado de todo lo mío, deberé hacer el esfuerzo de recuperarme a mí mismo.
En vísperas de que me vaya, tendré que aprender a despedirme.
Todo
lo que empieza tiene que acabar, de acuerdo. Pero admitiremos que, una vez que
todo ha comenzado para nosotros (la vida), en cuanto alcanzamos alguna madurez
el problema decisivo pasa a ser su final (la vejez y la muerte). No fuimos
sujetos de nuestro comienzo, pero sí podemos serlo de su término. Lejos de
merecer tildarlo de enfermizo, será incluso un signo de buena salud. Por más
que intentemos mirar para otro lado (o sea, di-vertirnos), llegará un momento en que ya no será fácil
hacerlo. Esta es la cuestión: si ese recordatorio nos amargará cada instante
del último periodo o, por el contrario, le concederá todo su valor.

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