La ansiedad es un estado emocional subjetivo que se caracteriza
por aprensión y síntomas objetivos de hiperactividad del sistema nervioso
autónomo. La ansiedad es debida a una hiperactividad de la función
noradrenérgica, relacionada con una amenaza potencial, real o imaginada de
peligro, a nuestra integridad física o psíquica; como una reacción de
adaptación y de hiperalerta que se va a manifestar en forma de síntomas físicos
y psíquicos.
La
ansiedad se puede manifestar con síntomas cognitivo-emocionales, conductuales o
somáticos: angustia, temores, preocupación, inseguridad; inquietud,
distraibilidad; tensión motora, hiperactividad autonómica, digestiva,
cardiocirculatoria, respiratoria...
La ansiedad es un síntoma frecuente en el anciano y también en
aquellos que padecen la enfermedad de Alzheimer. Hasta la fecha, ha merecido
poca atención y en algunos estudios epidemiológicos en poblaciones clínicas, el
número de trastornos de ansiedad en los ancianos parece más bajo que el que
aparece en poblaciones no seniles. Sin embargo, es probable que esta frecuencia
sea aún mayor y que estos trastornos no sean identificados por presentarse en
forma de somatizaciones o por no hacerse demandas directamente relacionadas con
ellos. Erróneamente, hay quien considera que la ansiedad es un componente
natural de la vejez. Por lo que se refiere a la presencia de trastornos de
ansiedad en la enfermedad de Alzheimer la discusión ha sido aún menor y dado el
deterioro cognitivo que sufren estos pacientes, muchos autores discuten la
existencia de dichos trastornos fuera del estadio inicial de la enfermedad,
cuando aún el paciente puede percibir los cambios que sufre.
Es importante tener en cuenta la presencia de los trastornos de
ansiedad en estas poblaciones, ya que disminuyen de forma notable su calidad de
vida, empeora sus rendimientos, agrava los cuadros depresivos e incrementa el
riesgo de suicidio y el uso desproporcionado de los servicios médicos.

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