Resistir el clima
caluroso y frío, y regular la temperatura corporal puede convertirse en un
verdadero reto conforme la gente va envejeciendo. Los medicamentos, las
enfermedades crónicas y los hábitos arraigados contribuyen al aumento del
riesgo de padecer trastorno por calor (hipertermia) y trastorno por frío (hipotermia).
Algunos
cambios físicos asociados con la edad nos ponen en un riesgo mayor. Los hábitos
de toda la vida y las finanzas agravan el problema. Por ejemplo, es posible que
algunos ancianos no se sientan seguros al abrir las ventanas y duden en usar
aire acondicionado o calefacción debido al alto costo de la electricidad.
El cuerpo se
enfría principalmente a través de la transpiración. Mientras la humedad de la
piel se evapora, el cuerpo se enfría. La temperatura central permanece estable
mientras los fluidos y la sal se reponen. No obstante, las personas mayores
pueden perder la sensación de sed. Para cuando una persona mayor tiene sed, es
posible que ya esté bastante deshidratada. Si se produce una
deshidratación grave, el cuerpo trata de conservar la pérdida de líquidos al
dejar de sudar, lo que ocasiona un aumento de la temperatura corporal interna.
A bajas
temperaturas, una forma en la que el cuerpo trata de mantenerse caliente es mediante
los escalofríos. Pero, cuando una persona envejece, existen muchas afecciones
que pueden afectar la capacidad del cuerpo de permanecer caliente. Las
afecciones de la tiroides, las enfermedades circulatorias y la demencia son algunos ejemplos. Además, si
los adultos mayores llevan una vida sedentaria, no producen tanta temperatura
corporal. Los medicamentos de venta libre, los medicamentos recetados, las
drogas y el alcohol también pueden dificultar la capacidad de las personas para
mantenerse calientes.

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